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La vida cambia, y nosotras también

hace 2 días
7 min de lectura

A lo largo de la vida atravesamos muchos cambios.

Algunos llegan de manera esperada. Otros aparecen sin aviso. Algunos los elegimos y otros nos obligan a reorganizarnos.

Los hijos crecen.

La pareja cambia.

El trabajo deja de ocupar el mismo lugar.

Nuestros padres envejecen.

El cuerpo se transforma.

Algunas amistades permanecen y otras se alejan.

Los intereses cambian.

Y también cambia la manera en que miramos aquello que durante años creíamos importante.

Por eso, crecer no es solamente cumplir años.

También es atravesar distintas etapas que nos invitan, una y otra vez, a revisar quiénes somos, qué necesitamos y cómo queremos seguir viviendo.


Cada etapa trae algo nuevo


No somos las mismas a los 30 que a los 40.

Ni a los 50 que a los 60.

Y no solamente porque cambie nuestra edad.

Cambia nuestra experiencia.

Cambian las responsabilidades.

Cambian las relaciones.

Cambian nuestras prioridades.

Y muchas veces también cambia la manera en que entendemos el éxito, la familia, el trabajo, el tiempo y nuestros propios deseos.

Hay momentos en los que una etapa parece cerrarse antes de que tengamos claro cuál será la siguiente.

Eso puede generar incertidumbre.

Pero también puede abrir preguntas que durante mucho tiempo quedaron postergadas.

¿Qué necesito hoy?

¿Qué cosas siguen representándome?

¿Qué proyectos todavía tienen sentido?

¿Qué quiero conservar?

¿Qué ya no quiero sostener de la misma manera?

Estas preguntas no buscan producir cambios inmediatos.

A veces simplemente permiten reconocer que nuestra vida ya no es exactamente la misma y que tal vez necesitamos empezar a mirarla desde otro lugar.


Los cambios personales también modifican nuestros vínculos


Ningún cambio ocurre completamente aislado.

Formamos parte de diferentes espacios a lo largo de nuestra vida.

Una familia.

Una pareja.

Un grupo de amigos.

Un equipo de trabajo.

Una comunidad.

Y cuando una persona modifica algo importante en su forma de vivir, muchas veces esos cambios repercuten también en quienes la rodean.

Una mujer que decide volver a estudiar puede modificar la organización familiar.

Una madre que empieza a poner límites diferentes puede generar sorpresa en sus hijos adultos.

Alguien que decide reducir su carga laboral puede alterar una dinámica construida durante años.

Una persona que comienza a priorizar nuevos intereses quizás deje de ocupar determinados lugares dentro de su familia o de su grupo de pertenencia.

No necesariamente porque quiera alejarse.

Sino porque está cambiando.

Y cuando una persona cambia, los vínculos también necesitan encontrar nuevas maneras de organizarse.


Los lugares que ocupamos a lo largo de la vida

Dentro de nuestras relaciones solemos ir ocupando ciertos lugares.

La que resuelve.

La que cuida.

La que escucha.

La que está siempre disponible.

La que organiza.

La que sostiene.

La que evita los conflictos.

La que se adapta.

Muchas veces esos lugares se construyen de manera natural y durante años pueden funcionar.

El problema aparece cuando seguimos ocupándolos aunque ya no nos representen.

Tal vez durante mucho tiempo tuvo sentido estar disponible para todos.

Quizás durante una etapa de crianza era necesario que gran parte de tu energía estuviera puesta en otros.

Puede haber habido años en los que el trabajo necesitó ocupar un lugar central.

Pero las etapas cambian.

Y entonces puede aparecer una pregunta importante:

¿El lugar que ocupo hoy dentro de mis vínculos es el lugar que quiero seguir ocupando?

No siempre es una pregunta fácil.

Porque cuando una persona modifica su posición, los demás también tienen que adaptarse.


El peso de lo que se supone que deberíamos hacer


A cada etapa de la vida suelen acompañarla ciertas expectativas sociales.

A determinada edad “deberías” haber logrado ciertas cosas.

Deberías estar casada.

Tener hijos.

Tener una carrera consolidada.

Tener determinada estabilidad económica.

Verse de determinada manera.

Sentirse de determinada manera.

Y después aparecen otras exigencias.

Deberías disfrutar que los hijos crecieron.

Deberías viajar.

Deberías tener tiempo para vos.

Deberías emprender.

Deberías mantenerte joven.

Deberías reinventarte.

Deberías aprovechar cada momento.

El problema es que muchas veces esas expectativas terminan alejándonos de nuestra propia experiencia.

No todas las mujeres quieren lo mismo.

No todas atraviesan las etapas de la misma manera.

No todas tienen los mismos tiempos.

Y no todos los proyectos necesitan parecerse.

Tal vez uno de los aprendizajes más importantes de crecer sea poder distinguir entre lo que realmente deseamos y aquello que creemos que deberíamos desear.


¿Cuánto tenemos que explicar nuestras decisiones?


Hay decisiones que parecen necesitar una explicación permanente.

Por qué cambiaste de trabajo.

Por qué querés trabajar menos.

Por qué decidiste estudiar.

Por qué preferís vivir sola.

Por qué no querés volver a tener pareja.

Por qué sí querés tenerla.

Por qué te mudaste.

Por qué decidiste vender tu casa.

Por qué empezaste un proyecto nuevo.

Por qué necesitás más tiempo para vos.

Muchas veces no es el cambio lo que genera mayor dificultad, sino la sensación de tener que justificarlo.

Y ahí puede aparecer otra pregunta:

¿Cuánto de mi vida estoy eligiendo desde mis propias necesidades y cuánto desde lo que espero que los demás aprueben?

Escuchar las opiniones de quienes queremos puede ser importante.

Pero escuchar no significa pedir permiso.

Y crecer también puede implicar reconocer qué decisiones pertenecen verdaderamente a nuestra propia vida.


El proyecto de vida no se escribe una sola vez


Durante mucho tiempo se habló del proyecto de vida como si fuera algo que definimos cuando somos jóvenes.

Qué estudiar.

En qué trabajar.

Con quién formar una familia.

Dónde vivir.

Qué queremos lograr.

Pero la vida difícilmente siga un recorrido lineal.

Los proyectos también necesitan cambiar.

A veces aquello que deseábamos a los 25 deja de representar lo que queremos a los 45.

Un objetivo profesional puede perder importancia.

Puede aparecer un interés que nunca habíamos considerado.

Tal vez queramos trabajar de otra manera.

Dedicar más tiempo a determinadas relaciones.

Aprender algo nuevo.

Empezar un proyecto propio.

Mudarnos.

Viajar.

Cuidar.

Crear.

O simplemente vivir con un ritmo diferente.

Cambiar un proyecto no significa haber fracasado en el anterior.

Puede significar que nuestra vida evolucionó.


Seguir aprendiendo también forma parte de crecer


Aprender no pertenece solamente a la juventud.

A lo largo de la vida seguimos desarrollando intereses, capacidades y maneras diferentes de comprender lo que nos sucede.

Podemos aprender una profesión.

Un idioma.

Una actividad.

Pero también aprendemos cosas menos visibles.

A poner límites.

A pedir ayuda.

A decir que no.

A estar solas.

A volver a vincularnos.

A acompañar hijos adultos.

A cuidar padres mayores sin dejar de cuidarnos.

A atravesar pérdidas.

A empezar otra vez.

A aceptar que algunas cosas no salieron como esperábamos.

Y a reconocer otras posibilidades que antes no podíamos ver.

Seguir aprendiendo permite que nuestra vida no quede definida únicamente por lo que ya hicimos.

También nos conecta con aquello que todavía podemos construir.


No todas las transiciones necesitan respuestas rápidas


Cuando atravesamos un cambio importante, es frecuente querer saber rápidamente qué viene después.

Pero no siempre tenemos una respuesta inmediata.

Hay momentos en los que primero necesitamos reconocer qué terminó.

Qué cambió.

Qué necesitamos dejar.

Qué queremos conservar.

Y recién después aparece con mayor claridad hacia dónde queremos ir.

Esa etapa intermedia puede generar incomodidad.

Porque todavía no somos exactamente quienes éramos, pero tampoco sabemos del todo qué forma tendrá lo que viene.

Sin embargo, esos momentos también pueden ser profundamente valiosos.

Nos permiten revisar.

Elegir.

Reorganizar.

Y construir decisiones con mayor conciencia.


Algunas preguntas para mirar la etapa que estás atravesando


Quizás no necesites responderlas ahora.

Pero pueden ayudarte a reconocer qué está cambiando en tu vida.

¿Qué cosas que antes eran importantes hoy dejaron de serlo?

¿Qué responsabilidades seguís sosteniendo simplemente porque siempre lo hiciste?

¿Qué lugar ocupás dentro de tu familia?

¿Ese lugar sigue representándote?

¿Qué decisiones venís postergando?

¿Hay algo que querés hacer pero sentís que “ya no es el momento”?

¿Quién definió cuándo debería ser ese momento?

¿Qué opiniones ajenas pesan demasiado sobre tus decisiones?

¿Qué parte de tu vida necesita hoy mayor atención?

¿Qué vínculo necesita una conversación diferente?

¿Qué proyecto te gustaría recuperar?

¿Qué te gustaría aprender?

¿Qué cosas querés seguir construyendo?

¿Y qué cosas quizás llegó el momento de dejar de sostener?


Buscar armonía no significa que todo esté en equilibrio


Muchas veces pensamos el equilibrio como si todos los aspectos de nuestra vida necesitaran ocupar exactamente el mismo espacio.

Pero quizás no sea así.

Hay etapas en las que el trabajo requiere más energía.

Otras en las que la familia necesita mayor presencia.

Momentos en los que necesitamos acompañar a alguien.

Y otros en los que necesitamos volver a mirarnos a nosotras mismas.

La armonía quizás no esté en repartir todo de manera perfecta.

Puede estar en reconocer qué necesita hoy nuestra vida y poder tomar decisiones coherentes con esa realidad.

Sin intentar responder a todas las expectativas externas.

Sin compararnos constantemente.

Y sin exigirnos vivir una etapa de la manera en que otros creen que deberíamos hacerlo.


La libertad de construir una vida propia


A medida que pasan los años, quizás una de las mayores posibilidades sea empezar a reconocer cuánto de nuestra vida queremos seguir eligiendo conscientemente.

No para vivir sin considerar a los demás.

Somos parte de vínculos, responsabilidades y compromisos.

Pero pertenecer no significa desaparecer dentro de las necesidades ajenas.

Podemos cuidar y también cuidarnos.

Acompañar y mantener nuestra autonomía.

Escuchar opiniones y tomar nuestras propias decisiones.

Modificar un proyecto sin negar nuestra historia.

Cambiar de rumbo sin sentir que todo lo anterior perdió sentido.

Y construir nuevas etapas sin necesidad de explicarlas permanentemente.


Lo que viene también puede construirse


Llegar a determinada edad no significa que el proyecto esté terminado.

Tal vez significa exactamente lo contrario.

Que contamos con una historia, una experiencia y una mirada sobre la vida que antes no teníamos.

Y desde ahí podemos seguir construyendo.

No necesariamente algo completamente nuevo.

A veces se trata de recuperar una parte de nosotras que había quedado postergada.

Otras veces, de reorganizar lo que ya existe.

De revisar una relación.

De encontrar nuevos acuerdos.

De empezar una actividad.

De aceptar una etapa.

De cerrar otra.

De preguntarnos cómo queremos vivir los próximos años.

No existe una respuesta única.

Porque cada historia es diferente.


Cuando necesitás un espacio para pensar qué viene ahora


Hay momentos en los que estas preguntas pueden ser difíciles de ordenar solas.

No porque exista necesariamente un problema.

Sino porque algunos cambios movilizan varias áreas de nuestra vida al mismo tiempo.

La familia.

La pareja.

Los hijos.

El trabajo.

Nuestros padres.

Nuestros proyectos.

Nuestra identidad.

En esos momentos, contar con un espacio de escucha y acompañamiento puede ayudarte a poner en palabras lo que estás viviendo, reconocer qué está cambiando y revisar cómo esas transformaciones impactan en vos y en tus vínculos.

No se trata de que alguien te diga qué camino tomar.

Se trata de poder mirar tu situación con mayor claridad, reconocer tus necesidades, revisar los lugares que ocupás y pensar desde dónde querés construir la etapa que sigue.

Porque no hay una edad en la que dejamos de crecer.

No hay una edad en la que dejamos de aprender.

Y tampoco existe un momento en el que nuestro proyecto de vida quede definitivamente escrito.

La vida sigue cambiando. Y nosotras también podemos elegir cómo queremos estar presentes en cada una de esas etapas.

 
 
 

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